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El mundo de Atabey: manantiales y jagüeyes en Bayahibe y el Parque Nacional del Este

Arqueologia por Arqueologia
28 de agosto de 2026
en Arqueología
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El mundo de Atabey: manantiales y jagüeyes en Bayahibe y el Parque Nacional del Este
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Adolfo José López Belando
Arqueólogo, académico de número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, investigador asociado al Museo del Hombre Dominicano
Publicación original: SOCIALES, n.º 9, (2020)

Resumen

Según las creencias de los taínos, los seres humanos vivieron en el interior de las cavernas antes de salir a poblar el mundo exterior. Al igual que ellos, sus dioses principales, el sol y la luna, también escaparon de una cueva mítica para ocupar su actual posición el cielo. Las cavernas significaban para aquel pueblo sus templos más sagrados y en el interior de algunas de ellas se encontraba, además, la puerta al mundo telúrico del agua, el dominio de la diosa Atabey, la Madre de las Aguas.

Palabras clave: agua, Atabey, jagüey, caverna, taíno
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Según las creencias de los taínos, los seres humanos vivieron en el interior de las cavernas antes de salir a poblar el mundo exterior. Al igual que ellos, sus dioses principales, el sol y la luna, también escaparon de una cueva mítica para ocupar su actual posición el cielo. Las cavernas significaban para aquel pueblo sus templos más sagrados y en el interior de algunas de ellas se encontraba, además, la puerta al mundo telúrico del agua, el dominio de la diosa Atabey, la Madre de las Aguas.

La zona de Bayahibe, Boca de Yuma y el área que actualmente ocupa el Parque Nacional del Este, estuvo sumamente poblada en tiempos prehispánicos; los motivos fueron varios. En primer lugar la abundancia de recursos alimenticios en la zona costera y los arrecifes de coral que la flanquean en sus aguas adyacentes. También la gran biodiversidad de sus bosques, tanto botánica como faunística, que igualmente proveía de abundantes recursos alimenticos a los habitantes establecidos en la zona. Pero existe otro recurso que fue básico para estos establecimientos: abundantes fuentes de agua potable.

 

Manantial de Chicho.

Sin agua no hay vida y por tanto la biodiversidad se establece alrededor del agua. Bayahibe fue un enclave poblado en tiempos prehispánicos precisamente por la existencia de un conjunto de manantiales de agua dulce muy cercanos al mar. Quienes allí habitaron aprovecharon estas fuentes desde tiempos muy tempranos.

Concretamente en esta pequeña población costera, antaño morada de un selecto grupo de pescadores dominicanos, se realizaron excavaciones arqueológicas de alcance que constataron la existencia de un grupo arcaico de agricultores y recolectores que se remonta a alrededor de dos mil años antes de Cristo.

Los depósitos de agua subterráneos fueron conocidos por los taínos como “jagüeyes” y la referencia más amplia y concreta a uno de ellos la encontramos en la Historia de las Indias de Bartolomé de Las Casas, quien nos explica el significado de la palabra de la siguiente manera:

“Por otra parte de esta provincia (Higüei) que decimos ser de peña, no hay río alguno y no carecen de aguas, que beben excelentes, estas estánen aljibes obrados por la misma naturaleza, que en lengua de los indios se llaman jagüeyes”. (Las Casas, 1985)

El agua era la fuente de la vida para los taínos, al igual que lo es hoy para nosotros. Por este motivo contaban en su panteón con varias deidades dedicadas a este recurso. Pero había una muy venerada a la que consideraban la Madre de Las Aguas y tenía, según nos cuenta fray Ramón Pané, nada menos que cinco nombres distintos:

“Creen que el cielo hay un señor inmortal y que nadie puede verlo y que tiene una madre, más no tiene principio. A este le llaman YocahuVaguaMaorocotí (¿junto o separado?) y a su madre llaman Atabey, Yermoguacar, Apito y Zuimaco…”. (Las Casas, 1985) Aunque fray Ramón Pané solo ofrece cuatro, Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas del Nuevo Mundo sí nos ofrece los cinco nombres: “Pero este ser supremo nació de una madre que tiene cinco nombres, Attabeira, Mamona, Guacarapita, Iella, and Guimazoa.”. (Martir de Anglería, 1979)

Dado que ninguno de los cronistas que hacen mención a Atabey dice directamente que fuese considerada por los taínos como la madre de las aguas, ¿de dónde sale esta teoría? Pues bien, es el más reputado traductor y estudioso de la obra de fray Ramón Pané, José Juan Arrom, quien nos ilustra al respecto:

“De estos nombres, es posible que Attabei-ra (de atté, vocativo de ‘madre’, y el sufijo ligado beira ‘agua’) equivalga a Madre-de-las-Aguas; Gua car pudiera haber sido Wa-katti — Wa-kai-ri (de wa ‘nuestra’ y katti — kair: ‘luna’, voz relacionada también con ‘marea’ y ‘menstruación’)”. (Arrom, 1987)

Si admitimos esta explicación lingüística, Atabey sería una deidad que maneja una serie de elementos físicos unidos firmemente a la mítica de la supervivencia esencial taína: el agua, la fertilidad, la luna, la noche y por ende la oscuridad y las cavernas, de donde precisamente salió, en el tiempo del mito, la misma luna.

Manantiales de Bayahibe

Hace ya algunos años, tuvimos la oportunidad de excavar un poblado indígena perdido en el transcurso de los siglos. Se encontraba justamente donde ahora se levanta la escuela y la iglesia del pueblo, a pocos metros de uno de los mejores manantiales que todavía perviven dentro de la población. El agua de estos depósitos naturales permitió el establecimiento, hace alrededor de cuatro mil años, de un floreciente poblado de pescadores, agricultores y recolectores de moluscos y crustáceos terrestres y marinos.

Manantial de Bayahibe.

Los arqueólogos pudimos localizar los restos de sus bohíos, un enterramiento donde el cadáver había sido rodeado por grandes conchas de lambí (Lobatus gigas) y en general todas las pertenencias con que contaban, como herramientas de concha y de piedra y algunos restos de cerámica entre los que destaca un fragmento de burén, tal vez el más antiguo encontrado en las Antillas.

Fueron estas gentes quienes trajeron, posiblemente del continente, la rosa de Bayahibe, nuestra endémica Peresqya quisqueyana en la que hoy florece nuestra hermosa flor nacional. Y fue precisamente por la presencia de nuestros manantiales que ellos eligieron este preciso rincón de la costa para levantar su poblado.

Manantiales de Padre Nuestro

Algo más tierra adentro pero aún muy cerca del pueblo de Bayahibe, en el valle de la Sábila, en el lugar hoy conocido como Padre Nuestro, se estableció un importante centro de culto, probablemente también desde esta temprana época prehistórica. El valle de la Sábila no es otra cosa que una depresión del terreno calizo originada por una falla geológica que cruza también el pueblo de Bayahibe, precisamente por el extremo occidental de la Punta de Bayahibe, donde se localizan los restos del poblado prehispánico más antiguo encontrado en la zona hasta este momento.

Las cuevas que existen en aquel lugar, en época relativa reciente, posiblemente hace algunas decenas de miles de años, se inundaron. El motivo fueron los movimientos tectónicos que generaron una extensa falla en el lugar. En el frente de la falla se abren las bocas de diferentes cavernas en las cuales afloran las aguas dulces que discurren por las grietas y galerías subterráneas del karst que se desarrolla en la llanura litoral. Estas cavernas son ahora el lugar donde se almacenan y remansan las aguas dulces de la cuenca que delimita el valle Francés y la zona de Yuma. Las cavernas que contienen lagos subterráneos en esta zona estuvieron consagradas a la diosa de las aguas y por ello en la entrada de todas ellas se localizan las figuras de las deidades plasmadas en la roca en forma de petroglifos.

En la zona de Padre Nuestro encontramos el manantial de mayor importancia, el denominado de Chicho, cuyo lago subterráneo fue uti lizado como fuente aprovisionamiento de agua por los taínos, prueba de lo cual son los restos de antiguas vasijas de barro que encontramos en el fondo cuando realizamos los primeros buceos en el sitio, hacia 1992. Bajo el agua, en la galería inundada, también podemos observar algunas columnas estalagmíticas, rotas y separadas sus partes por la acción de los potentes terremotos que se producen en el corazón de esta falla tectónica de espectacular belleza paisajística.


Potiza taína para contener agua recuperada en el fondo del Manantial de Chicho.

El manantial de la lechuza, evidentemente consagrado a esta importante deidad taina, representada por la cabeza de este animal nocturno, aún se conserva virgen. La cabeza de la lechuza, cuando no se representa aislada, se inserta sobre un cuerpo femenino. Es muy probable que Atabey se identificara con este animal tótem, la lechuza (Tyto alba), hermoso animal que vive en las entradas de las cavernas y sale en la noche a cazar fuera de la cueva. En los buceos que realizamos en el interior de este hermoso manantial, nunca localizamos restos de vasijas taínas, aunque su uso como fuente de agua para los indígenas es más que probable.

El manantial de La Jeringa contiene un hermoso depósito de agua jalonado por hermosas formaciones calizas y espeleotemas. En la primera sala, antes de bajar donde se encuentra la plancha de agua hay un interesante conjunto de petroglifos. En el depósito de agua hemos localizado algunos fragmentos de cerámica taina de estilo chicoide, probablemente remanentes de antiguos ritos, pues la forma de la vasija a cuyo tipo responde el trozo localizado, no responde a la clásica potiza taina utilizada regularmente para almacenar y transportar agua.


Manantial de La Jeringa.


Cara de lechuza esculpida en el manantial de La Lechuza.

Manantiales del Chen

Dentro del Parque Nacional del Este, tras el Peñón, cerca del área de la Palmilla, muy cerca del mar, se localiza otro interesante grupo de manantiales. Estos fueron con toda probabilidad el punto de aprovisionamiento de agua del poblado taino localizado en la palaya de La Tortuga, a poca distancia de los mismos. Pese a uso que debieron darle los habitantes prehispánicos de la zona, solamente hemos localizado un par de antiguas pinturas en la entrada de uno ellos.

Estos manantiales tienen entradas estrechas y los lagos subterráneos que albergan son de poca profundidad. Los exploramos desde el viejo Club Dominicus en varias expediciones que hicimos entre 1992 y 1993. Nunca localizamos cerámicas prehispánicas dentro de ellos, a pesar de los grandes depósitos de agua que contienen, algunos dentro de salas espectaculares, adornadas por incontables formaciones calizas. Tampoco localizamos petroglifos en sus paredes, cosa que sorprende, pues es habitual localizar este tipo de representaciones en depósitos de agua de tanta envergadura.

Manantial de la Aleta

El manantial de la Aleta, cuyo nombre primitivo nombre era La Leta, es la joya de los manantiales subterráneos del Caribe. Se localiza en el interior del Parque Nacional de Este, en pleno bosque tropical y en una zona de difícil acceso. En esta área también existen cuatro plazas ceremoniales, un conjunto de extraordinario interés arqueológico que no tiene paralelo en la isla de Santo Domingo.

Fray Bartolomé de Las Casas, en su Historia de Indias, nos describe, a principios del siglo XVI, el manantial que conocemos hoy día como La Aleta, de la siguiente manera:

“…en este señorío y tierra (Higüey), cuatro o cinco leguas de la mar, está un aljibe o jagüey… llegamos pues donde tenía la boca, que sería como tres o cuatro palmos en cuadro, caso como una escotilla de pañol, que llaman los marineros de las naos; parámonos a mirar por ella y estaba tan oscuro todo lo de abajo que parecía un abismo; allí nos faltó harta grima. Puesta diligencia en buscar unas raíces que llaman bejucos, que sirven de cuerdas, con un vaso de barro sacamos el agua, la más dulce, delgada, fresca y fría y la más sabrosa que podía ser vista; había ocho brazas hasta llegar al agua desde arriba y queriéndose experimentar la hondura, hallose finalmente que tenía 40 brazas de hondo, las 32 saladas y las 8 de dulce, la cual, por su ligereza, es natural, como suele, estar encima…”.(Las Casas, 1985)

El manantial de La Aleta es una gruta circular con un lago subterráneo de un diámetro de aproximadamente 40 m., visible por siete hoyos en la roca superficial, distribuidos sobre un área de unos 10 m². El agua es clara en superficie, pero a la profundidad de 10.5 m. empieza un estrato sulfuroso que a la vista del buceador aparece de tonalidad lechosa y dificulta la visibilidad. El agua se pone clara otra vez a 20 m. de profundidad y a 34 m. de la superficie, una roca grande sobresale cubierta de sedimento muy oscuro. Esta roca es la cima de una colina subacuática formada por bloques de caliza, restos de vegetación y diferentes sedimentos que han ido cayendo desde la boca del manantial. La falda de esta montaña sumergida llega hasta una profundidad de 73 m. Bucear en el manantial es realmente sobrecogedor, pues la madera de los árboles y ramas caídos se conserva perfectamente pero siempre cubierta de un limo negro que confiere a estos restos un carácter verdaderamente tétrico. Además resultan obstáculos que se deben salvar con extremo cuidado para evitar que el fango se levante y obstruya completamente la visibilidad.


Petroglifo sobre la plancha de agua del manantial de Tulio.

Las laderas de esta colina se cubren densamente por materiales culturales: cerámicas, instrumentos líticos, objetos de madera labrada, higüeros, cestas, etc. Las investigaciones realizadas demostraron que los artefactos recuperados en su mayor parte provenían de ofrendas que los taínos realizaban, probablemente en honor de Atabey, la diosa de las aguas. Sin duda las plazas ceremoniales y el manantial forman un conjunto. Una parte importante del rito consistiría en entregar a Atabey ofrendas que los celebrantes arrojaban en el manantial.

Las primeras investigaciones arqueológicas realizadas dentro del manantial de La Aleta datan de 1993, cuando nos sumergimos en sus aguas acompañados de algunos arqueólogos de la universidad de Indiana y un cámara del programa Discovery Channel. Los buceos fueron espectaculares y en el fondo pudimos observar centenares de objetos arrojados por los indígenas. Abundan los higüeros, muchos de ellos cubiertos por primorosas redecillas finamente tejidas. Se utilizaron para recoger agua y muchos cayeron al fondo sin que pudiesen ser recuperados.

Sin embargo también hay multitud de bandejas de cerámicas, ollas ceremoniales, asientos de madera y hachas enmangadas que se conservan perfectamente. Este tipo de piezas no servían para recoger agua, por lo que deducimos que fueron ofrendas realizadas a los dioses.

El manantial de Tulio

El manantial de Tulio esta situado a aproximadamente dos kilómetros de la caseta de la Granchorra, siguiendo el camino de La Palmilla. Presenta un desarrollo de ochenta metros y una profundidad de siete metros. Tiene dos bocas y su entrada resulta de una belleza exquisita debido a la vegetación tropical que arropa a la caverna y a las formaciones calizas que se combinan con la plancha de agua cristalina situada en la misma entrada de la cueva. Solamente contiene un petroglifo, pero las medidas de la pieza, alrededor de sesenta centímetros de diámetro, y su posición sobre una blanca colada caliza, le confieren gran espectacularidad. La figura domina desde su posición preferencial toda la plancha de agua del manantial, un lago subterráneo de poca profundidad y aguas cristalinas. Hemos podido localizar algunos restos de posibles caritas grabadas en las paredes, pero su estado de conservación dificulta el identificarlas, dejándonos dudas sobre su origen artificial. Este ma nantial contiene agua salobre, pero aun en la actualidad es utilizado como fuente de agua potable por los monteros que se adentran en estos apartados parajes.


Vasijas e higüeros en el fondo del manantial de La Aleta.

Manantiales de Boca de Yuma

En el pueblo de Boca de Yuma y sus alrededores existen gran cantidad de manantiales. La mayor parte de ellos fueron sacralizados por los habitantes prehispánicos de la zona, pues en el área de la entrada y a veces sobre el mismo depósito de agua, grabaron petroglifos con las efigies de sus deidades.

Los más conocidos son los manantiales de Porfiria, el Guano y la Iglesia, este último dentro del mismo pueblo. En ninguno de ellos hemos encontrado restos indígenas que no sea arte rupestre y este es muy similar en todos ellos, fundamentalmente caritas muy sencillas que a veces cuentan con cuerpos y extremidades muy estilizadas. Algunas tienen piernas dobladas a modo de ancas de rana, lo que nos hace pensar en la relación de estos anfibios con el agua de los manantiales que albergan las cuevas.

La cueva de Berna no se considera un manantial, sin embargo tiene un pequeño depósito de agua en su interior y justamente en este punto existe un petroglifo que lo señala como un lugar de especial trascendencia en la geografía cavernaria. Muy cerca de este, sobre el depósito hay un auténtico bajorrelieve de una cara que nos lleva a pensar nuevamente en la representación de Atabey. La caverna tiene más de trescientos petroglifos grabados en sus paredes y alrededor de una docena de pictografías. Fue un lugar de habitación y de enterramiento de los habitantes arcaicos de la isla cuyos restos se fecharon mediante pruebas de Carbono 14, a principios del segundo milenio antes de Cristo.

Manantiales en las grandes cavernas pintadas

Las dos cavernas con pinturas rupestres más importantes del Parque Nacional del Este son la cueva de José María y la cueva de Ramoncito.


Petroglifo situado sobre el pequeño depósito de agua de la cueva de Berna.

En las dos cavidades se localizan, en lo más profundo de sus galerías, sendos depósitos de agua potable que fueron utilizados por los taínos. Posiblemente la necesidad de contar con agua para realizar las ceremonias rituales de los chamanes fue el motivo de elegir estas cuevas como especiales centros de culto.

El escueto depósito de agua de la cueva de José María se ha utilizado hasta hace poco tiempo, pues personalmente he encontrado monteros que se internaban en el bosque hasta llegar a la cueva, donde trabajosamente bajaban con antorchas hasta la galería donde se localiza el depósito de agua dulce. La dificultad de conseguir agua potable en esta área hizo que la caverna fuese considerada como un lugar de gran importancia para los taínos que habitaron estos bosques.

Las pinturas que se pueden observar en la caverna son en extremo abundantes, pues hemos contabilizado más de 1.200, la mayor acumulación nunca reportada en una cueva en todo el mundo. Posiblemente muchas de las pinturas están relacionadas con ritos dedicados a la diosa de las aguas y su imagen seguramente está plasmada alrededor del pequeño depósito.


Pintura sobre el depósito de agua de la cueva de Ramoncito.

El manantial de la cueva de Ramoncito, muy cercana a la cueva de José María, tiene una belleza muy especial y contiene bastante agua como para saciar la sed de muchas personas. Justamente a su lado, pintada en la pared, se encuentra la figura de una misteriosa deidad. Esta debió ser la Madre de las Aguas de las que nos ofreció noticia Fray Ramón Pane, pues el personaje pintado está indudablemente asociado a este sagrado manantial, presidiendo y guardando la plancha de agua. En la cueva hay más de seiscientas pinturas, muchas de ellas espectaculares y del mismo estilo que las de su caverna gemela, la cueva de José María.

Al lado del depósito de agua de la cueva de Ramoncito se acumulan montones de carbón vegetal procedentes de las antorchas con las que se iluminaron los behiques, como se llamaban los chamanes taínos que celebraron sus ritos hace más de mil años en las entrañas de la caverna.

Epílogo

Como muy bien apuntó fray Bartolomé de Las Casas hace ya cinco siglos, la llanura litoral de Higüei, pese a contar con escasas aguas superficiales, mantiene espectaculares depósitos hídricos bajo su suelo rocoso. Estos manantiales son un oasis de vida cavernaria que albergan desde murciélagos, hasta varias especies de peces y camarones, pasando por multitud de insectos.

Las planchas de agua discurren entre viejas galerías inundadas de cuevas, cuya formación se pierde en la noche de los tiempos. Las entradas de las cavernas donde se encuentran los lagos subterráneos presentan grabados en la roca las imágenes de las deidades ancestrales de nuestros antepasados prehispánicos.

Los taínos nos envían de esta manera un mensaje que perdura través de milenios: el agua es la vida y conservarla es primordial para estar a bien con nuestros dioses.

Este mensaje es particularmente importante al día de hoy, pues lo que nunca imaginaron aquellos indígenas, es que algún día el agua pura que protegía Atabey pudiese estar tan enormemente amenazada. El excesivo consumo de los acuíferos aumenta los niveles de sal en el agua. La inyección de aguas procedentes de las plantas de tratamiento deficientemente manejadas, contamina directamente el manto freático. La basura arrojada en los manantiales empobrece la calidad de estas aguas cristalinas que hace quinientos años, el padre Bartolomé de Las Casas calificó de puras, frescas y dulces.

Después de este paseo por nuestros más importantes manantiales, espero que el agua subterránea, el recurso más preciado que tenemos y del que dependemos completamente para subsistir, pueda ser valorado en su justa medida. Cada uno de nosotros debe constituirse en un custodio de nuestra agua, seamos todos Atabey.

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Cómo citar este artículo
Adolfo José López Belando (2020). El mundo de Atabey: manantiales y jagüeyes en Bayahibe y el Parque Nacional del Este. SOCIALES (nº9, 19 pags). https://www.academiadecienciasrd.org/el-mundo-de-atabey-manantiales-y-jagueyes-en-bayahibe-y-el-parque-nacional-del-este/
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